María Corina Machado nació en Caracas en 1967. Es ingeniera industrial y desde hace más de veinte años se ha dedicado a luchar por la democracia en Venezuela. Fundó la organización Súmate para promover el voto ciudadano y más tarde creó el partido Vente Venezuela, con el que se convirtió en una de las voces más firmes contra el chavismo y contra Nicolás Maduro. Su discurso siempre fue claro: defender la libertad, denunciar la corrupción y exigir elecciones limpias. Eso le costó persecución, amenazas y finalmente la inhabilitación para competir en las elecciones presidenciales de 2024. Después de denunciar fraude, tuvo que esconderse y escapar de Venezuela en una operación secreta. Llegó a Curazao y luego a Oslo, donde recibió el Premio Nobel de la Paz en 2025. Su historia es la de una mujer que arriesgó su vida por la libertad de su país.
El Comité Noruego del Nobel explicó que el premio se le otorgó por su “incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”. En otras palabras, reconocieron su valentía y su liderazgo. Pero lo que debería ser un motivo de orgullo para las mujeres y para quienes creen en la democracia, se convirtió en un tema incómodo. Mientras muchos gobiernos y líderes liberales celebraron el premio, sectores de izquierda lo criticaron o guardaron silencio. En México, la presidente Claudia Sheinbaum evitó pronunciarse y dijo “sin comentarios”. Ese silencio fue notorio, porque normalmente se pronuncia sobre temas de mujeres y derechos, pero aquí prefirió no hacerlo.
Las reacciones fueron muy distintas según la ideología. En Europa y Estados Unidos hubo aplausos y reconocimiento. En cambio, figuras de izquierda como Pablo Iglesias en España descalificaron el premio, diciendo que era una manipulación política. En Venezuela, algunos opositores moderados cuestionaron su cercanía con Estados Unidos, mientras otros celebraron que por fin la lucha democrática tuviera un rostro femenino reconocido en todo el mundo. El Nobel, más que unir, terminó mostrando las divisiones políticas que existen.
Aquí es donde surge la reflexión. En un mundo donde se repite que las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres, el Nobel de Machado debería ser celebrado como un logro enorme. En una lista de premios dominada por hombres, se reconoce a una mujer que ha enfrentado a una dictadura y que ha sido ejemplo de fuerza y resiliencia. Sin embargo, el feminismo en muchos espacios no lo celebró. ¿Por qué? ¿Porque la ideología pesa más que el género? ¿Porque cuando una mujer no encaja en el molde político que se espera, su triunfo se relativiza o se ignora?
No se trata de decir que el Nobel no puede ser cuestionado. Todos los premios lo son. Pero sí de señalar la incoherencia de un feminismo que celebra a unas mujeres y calla ante otras según la conveniencia política. ¿Cuándo sí y cuándo no se reconoce un logro histórico? ¿Cuándo sí y cuándo no se celebra a una mujer que rompe barreras? La respuesta parece depender menos del mérito y más de la narrativa ideológica que rodea el hecho. En México, el silencio oficial influyó en la reacción de muchas mujeres que prefirieron no festejar. Lo que debería ser un triunfo colectivo se convirtió en un tema incómodo.
Este caso muestra una paradoja: el feminismo, que nació como una lucha por la igualdad, corre el riesgo de convertirse en un feminismo selectivo. Un feminismo que apoya solo a quienes encajan en una visión política determinada. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿qué feminismo es el correcto, el de izquierda o el liberal? Tal vez ninguno en exclusiva. Tal vez el feminismo debería ser capaz de reconocer los logros de cualquier mujer que desafíe estructuras de poder, sin importar si su discurso es progresista, liberal o conservador. Porque lo que está en juego no es solo la ideología, sino la coherencia de una causa que se proclama universal.
El Nobel de María Corina Machado es un recordatorio de que las narrativas políticas pueden dividir incluso lo que debería unir. Es un triunfo para las mujeres, para la democracia y para la resistencia civil, pero también un espejo incómodo que muestra cómo la política condiciona la solidaridad. Celebrarlo o callarlo no dice tanto de Machado como de nosotros mismos: de qué feminismo queremos construir, de qué coherencia estamos dispuestos a sostener y de qué valores realmente defendemos cuando hablamos de igualdad.
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