Es habitual que, al cierre del año, nuestra mente se llene de propósitos y metas renovadas; solemos incluso reciclar aquellos anhelos que quedaron pendientes en el tintero de los meses pasados. Sin embargo, hay un ritual que solemos omitir y que es tan necesario como el balance mental: la limpieza física.
Con el paso del tiempo, acumulamos. Compramos y adquirimos cosas casi por inercia, dejando que lo viejo se resguarde en los rincones: en una caja olvidada, en el fondo de un cajón, bajo la cama o en la última repisa. No hablo necesariamente de una acumulación patológica, sino de esos objetos en desuso que, en silencio, guardan una profunda carga nostálgica.
El problema es que esa nostalgia no siempre es amable. A veces, puede ser agresiva; puede darnos una bofetada sobre heridas abiertas o momentos difíciles que aún nos cuesta procesar. Es entonces cuando el objeto deja de ser el bello recuerdo de un instante inolvidable para convertirse en un lastre mental y físico que nos impide avanzar y dar espacio a lo nuevo.
Este es un ensayo sencillo con una intención clara: reflexionar sobre lo que poseemos y cuestionar si realmente es necesario que siga ahí. Personalmente, me he propuesto la tarea de soltar todo aquello que me impedía caminar ligero. Para muchos podrá parecer un acto trivial, pero para quienes otorgamos una carga emocional a ciertos objetos, cartas o papeles, el proceso puede ser doloroso al inicio, pero profundamente liberador al final.
Te invito a comenzar por lo pequeño: elige hoy un solo objeto que guarde un silencio que ya no quieres escuchar. Sosténlo por última vez, reconoce la historia que cumplió y dale las gracias antes de dejarlo ir. Vaciar un rincón físico es, en esencia, oxigenar el alma. Solo cuando soltamos el peso de lo que ya fue, recuperamos la ligereza necesaria para recibir, con las manos abiertas, lo que la vida está intentando entregarnos.
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