A veces me encuentro pensando en algo que parece sencillo, pero que en cuanto lo desarrollo abre una serie de preguntas profundas sobre Dios, la creación y mi propia existencia. Desde niño aprendí la idea de que Dios crea a cada ser humano de manera individual, casi como un artesano que nunca se detiene, que moldea una vida distinta cada instante. Sin embargo, al estudiar textos bíblicos, acercarme a la tradición judía y leer filosofía, comencé a preguntarme si esa imagen es la única posible.
Partiendo de la premisa de que creemos en un Dios creador, y que el ser humano es creación divina, surge una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿somos creación divina porque Dios nos crea individualmente, o somos creación divina porque Él hizo a Adán y Eva y somos sus descendientes? Esta duda abre un espacio distinto para pensar la relación entre Dios, la vida humana y la libertad.

Cuando leo el Génesis, encuentro que Dios crea a Adán y a Eva y les otorga la capacidad de multiplicarse. Ese detalle siempre ha estado ahí, pero pocas veces se analiza en toda su profundidad. Si Dios les dio la facultad de engendrar vida, ¿no implica esto que la creación humana continúa a través de ellos? ¿No sugiere que Dios decidió iniciar un procesos que después seguiría su curso mediante la historia, la biología y la libertad humana? En lugar de imaginar un acto de creación constante e individua, aparece la posibilidad de ver la creación como un origen que despliega sus consecuencias a lo largo del tiempo.
Esta reflexión no intenta negar la dimensión divina del ser humano, sino examinar en dónde proviene. Si Dios creó a los primeros seres humanos y depositó en ellos la chispa divina, entonces cada generación heredaría algo de ese origen. Seríamos creación divina en cuanto descendemos de la creación divina original, no necesariamente porque Dios intervenga artesanalmente en cada nacimiento.
Al explorar esta idea, encuentro resonancia en el pensamiento de Maimonides. Él sostiene que Dios actúa a través de las leyes naturales que Él mismo estableció. No interviene rehaciendo el mundo a cada instante, sino que creó principios que funcionan sin cesar desde el comienzo. Bajo este visión, la vida humana es parte de un mecanismo divinamente establecido que continúa de manera autónoma. Esto no resuelve mi pregunta, pero sí la ilumina: si Dios opera mediante las leyes naturales, quizá la reproducción humana es precisamente una de esas leyes, un canal a través del cual la creación sigue.

También encuentro un paralelo en la filosofía de Spinoza, aunque su concepción de Dios difiera del pensamiento religioso tradicional. Para él, Dios no fabrica individuos por separado, sino que todo surge de la misma sustancia divina que se expresa mediante la naturaleza. Aunque mi reflexión tiene un marco espiritual distinto, su idea abre un espacio para pensar que la creación no necesariamente consiste en actos individuales, sino en un proceso que fluye desde un origen común.
Mientras continúo pensando en esto, aparece otra consecuencia importante: si no somos creados uno por uno, sino que descendemos de la primera creación y tenemos libertad, entonces gran parte de lo que somos proviene de nuestras decisiones, de nuestra historia familiar, cultural y social. Nuestros pensamientos, ideologías, identidades y formas de ver el mundo no serían diseños específicos de Dios, sino expresiones de la libertad humana que Él otorgó. Esto no elimina la presencia divina, pero sí desplaza la responsabilidad hacia nosotros. Dios no nos “hace” de una manera determinada; somos nosotros quienes vamos definiendo nuestra vida con el don de la libertad.
Esta posibilidad me hace reinterpretar lo que significa ser obra de Dios. Si provengo de la primera creación, sigo perteneciendo a una cadena que Él inició. No soy menos divino por ser parte de un proceso histórico; al contrario, me siento parte de una continuidad sagrada que comenzó con un acto creador y que se extiende hasta hoy. Pero tampoco tengo la seguridad absoluta de que la creación funcione exactamente así. Es solo una reflexión, una pregunta abierta que intento explorar.
Por eso no afirmo una postura definitiva. Más bien, me interesa pensar entre estas dos posibilidades: la de un Dios que crea individualmente y la de un Dios que crea el origen y permite que la vida continúe a través de procesos naturales. Ambas sostienen la dignidad humana, ambas reconocen la chispa divina, y ambas pueden convivir dentro de una reflexión espiritual y filosófica. Lo importante para mí no es decidir cuál es la verdadera, sino abrir un espacio para pensar cómo se entrelazan la teología, la biología, la historia y la libertad en aquello que llamamos creación.
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