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Democracia liberal versus democracia progresista, entre el individuo y el colectivo

Aunque debo admitir que muchas veces la democracia es tomada como una de las peores formas de gobierno de una nación —pues puede prestarse a un mal manejo de la administración del poder, o permitir que personajes popularmente conocidos, pero sin preparación política, lleguen a presidir el Estado—, en esencia sigue siendo un sistema que busca que un pueblo se gobierne a sí mismo.




Sin embargo, creo que se debe hacer una distinción entre diferentes tipos de democracias. La democracia no funciona de la misma manera en todas las naciones independientes del mundo; ni siquiera comparten los mismos tiempos en la ocupación de cargos públicos, ni poseen las mismas instituciones y organismos democráticos, ni garantizan el mismo grado de participación ciudadana.


Dicho de otro modo, existen diferentes tipos de naciones con sus diferentes tipos de democracias, cada una empleada por sus representantes según lo consideren adecuado para el ejercicio del poder. Un ejemplo claro es comparar la democracia mexicana con la venezolana: en ambas, los gobernantes son elegidos por voto popular; sin embargo, sus leyes e instituciones democráticas difieren profundamente. En la República Bolivariana de Venezuela se realizó hace algunos años una reforma constitucional que permite la reelección indefinida de quien ocupa el poder. Así, quienes sostienen que “Venezuela es una democracia” podrían afirmar algo técnicamente correcto, pero es evidente que su democracia es distinta a la de países donde la reelección no está permitida. De ahí que varios críticos califiquen al régimen venezolano como una dictadura, pues el Estado modificó su propia democracia para perpetuarse en el poder apelando a “la elección del pueblo”.


Habiendo entendido que la democracia no es absoluta ni igual en todo el mundo, y que los actores del poder pueden transformarla según sus intereses, continúo con las diferencias ideológicas que permean en ella. Afirmo que no puede ejercerse política sin una visión ideológica detrás que la respalde. Toda política tiene una ideología que la acompaña, y la democracia no es ajena a este fenómeno; si lo fuera, no existirían distintos modelos democráticos ni sus diversas aplicaciones en los niveles del poder. Un ejemplo es la reciente elección del Poder Judicial en México, que por primera vez se realizó por voto popular para elegir jueces, ministros y magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Esta reforma demuestra que la democracia ya existía, pero una corriente ideológica —en este caso, la de Morena— permeó en la decisión legislativa que dio paso a este evento histórico.




Y ahora, el lector podrá preguntarse: ¿qué es la democracia liberal y qué es la democracia progresista? A partir de las premisas anteriores, podemos responder que ambos son modelos de democracia respaldados por diferentes ideologías. La democracia liberal se fundamenta en ideas del liberalismo clásico; la progresista, en ideologías de justicia social y progreso. Ambas pueden entenderse como formas mediante las cuales el pueblo se gobierna a través de representantes que lo encarnan en el plano nacional e internacional.



En ese sentido, la democracia progresista busca profundizar la democracia más allá del voto, democratizando estructuras sociales, priorizando el colectivo y la justicia social, e impulsando reformas que amplíen las capacidades de los ciudadanos desde un aparato estatal que garantice bienestar, equidad y participación amplia. Se inspira en el progresismo como movimiento de reforma social constante para mejorar la condición humana, tal como lo ejemplifica la reforma al Poder Judicial en México. Este modelo suele poner el interés colectivo y el de las minorías por encima de los intereses individuales, fomentando un Estado de bienestar que promueva la redistribución de la riqueza, servicios públicos universales y seguridad social.




Por su parte, la democracia liberal es el sistema que fusiona la democracia —el gobierno del pueblo— con el liberalismo, es decir, la protección de la libertad individual. Garantiza elecciones libres y justas, sufragio universal y respeto a derechos y libertades como la expresión y la propiedad. Lo hace mediante el constitucionalismo y el Estado de derecho, que limitan el poder del gobierno y de la mayoría para proteger a las minorías, estableciendo un equilibrio entre voluntad popular y derechos naturales. En esencia, este modelo busca proteger derechos fundamentales que no puedan ser vulnerados por ningún gobierno.




Aquí resulta útil recordar a John Locke, uno de los grandes referentes del liberalismo clásico. Locke afirmaba que:

“Así como cada uno está obligado a preservarse a sí mismo y a no destruirse por propia voluntad, también está obligado a preservar a la humanidad en la medida en que le sea posible, siempre que ello no atente contra su propia preservación.” 

 

Esta idea es central para comprender que la responsabilidad individual no excluye lo colectivo: lo fortalece.

No se trata de que una democracia sea mejor que otra; ambas comparten la esencia participativa y la elección popular de representantes. La diferencia radica en la ideología que las respalda. Para fines de este ensayo, me inclino por la democracia liberal porque, históricamente, la democracia progresista suele aplicar políticas que dejan de lado el incentivo individual, priorizando las “necesidades” de las minorías mediante programas asistencialistas que, en varias ocasiones, terminan generando clientelismo y dependencia del Estado. Por el contrario, cuando se defiende y se antepone al individuo, se respeta el estado natural en el que nace el ser humano; y, una vez que se entiende la responsabilidad individual, inherentemente se contribuye al colectivo. Si buscamos nuestro bienestar individual, favorecemos el bienestar común. No existe el colectivo sin individuos.

Finalmente, el funcionamiento de cualquier democracia —liberal o progresista— dependerá de la cultura, educación, responsabilidad y participación ciudadana de cada nación, así como del tipo de gobernante que el pueblo elija. Por ello deben fijarse valores, cualidades y aptitudes para que exista un buen gobernante, independientemente de su ideología. Un buen gobernante buscará el bien de la nación y su pueblo; un personaje populista, casi siempre, buscará sus propios intereses y no los de quienes lo llevaron al poder.


 — Angel David Uscanga Mendoza

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