A muchos nos enseñaron que la guerra tiene un villano y una víctima. Que hay un lado bueno y otro malo. Que de esta forma es más fácil de entender, de digerir y de compartir. Pero el mundo no es tan simple. Mucho menos cuando hablamos del conflicto entre Israel, Palestina e Irán.
Desde hace décadas, estas regiones han sido escenario de violencia, dolor, desplazamientos, terrorismo, ocupación y miedo. Cada nación tiene sus razones, sus traumas y sus heridas abiertas. Cada pueblo ha perdido hijos, hogares, tierra y esperanza. Y sin embargo, muchas veces lo reducimos todo a una sola frase: “Israel es genocida” o “Palestina es terrorista”. Como si una etiqueta pudiera abarcar siglos de historia.
Lo que está ocurriendo no empezó en 2023. Ni siquiera empezó en este siglo. Pero lo que sí ha cambiado es la manera en que opinamos: rápido, a veces con rabia, con banderas o con simples hashtags. Defendemos causas como si fueran equipos de fútbol. Se celebran muertes ajenas si vienen del “otro lado”. Nos convertimos en jueces desde nuestros teléfonos, pero rara vez en oyentes.
No se trata de justificar abusos ni callar injusticias. Se trata de entender que la historia es más compleja que el discurso que nos acomoda. Que tanto Israel como Palestina e Irán han tomado decisiones que han escalado el conflicto. Que no todo el que critica a un lado es enemigo del otro. Que reflexionar no es traicionar.
Si alguna vez queremos ver paz en esa región, y por qué no, en el mundo también, no será desde la simplificación ni desde el odio. Será cuando aceptemos que ninguna nación es completamente inocente, pero que toda nación merece vivir sin miedo. Porque la empatía no tiene fronteras. Y reflexionar tampoco. No siempre podemos detener una guerra, pero sí podemos detenernos a pensar antes de repetir discursos que solo alimentan más odio. Y a veces, en medio del ruido, reflexionar también es un acto de paz.
Archivo junio 2025.
Reubicado desde mi perfil para fines de archivo.

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